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martes, julio 13, 2010
Fotos y comunicado de la concentración convocada por Motril Acoge
Aquí está el texto que se leyó en esa concentración:
¡Qué pena! ¡Qué dolor! De nuevo se repite la historia. En esta ocasión han muerto cinco personas, entre ellas dos bebés, al volcar la patera en la que intentaban, junto a otros 37 inmigrantes, llegar al lugar donde hacer realidad su sueño de vivir una vida mejor. Una vez más, el mar que tendría que ser de unión y de vida, se convierte en un mar de muerte. Qué pena que la vida o la muerte de las personas dependa de un sistema injusto de control de la inmigración.
¡Qué injusticia! Dicen que estos días todos los ojos están vueltos para África, a los estadios de fútbol donde se juega el mundial. Pero no parece que haya una sola mirada para la población africana, a la que seguimos negando el futuro con unas reglas de comercio injusto, con la explotación y robo de sus recursos para las empresas que se ocupan de nuestras supuestas necesidades, y que luego cotizan en nuestras bolsas y manejan nuestra economía.
¡Qué rabia! Es incomprensible que en un mundo con recursos suficientes para alimentar a toda la población, haya gente –sobre todo del sur, aunque también del norte- que se muera de hambre. Que en un mundo globalizado por el que el capital circula sin ningún tipo de problema ni control, las personas no lo puedan hacer de la misma manera. Que nuestra forma de organización política y social permita que el trabajo, que es un derecho y una fuente de vida y de realización personal, no se pueda repartir con equidad, de forma que esté disponible para todo el mundo.
¡Qué cambio! ¡Qué revolución! si tomáramos en consideración a la persona antes que al mercado y a la economía. Si cada uno de nosotros nos planteáramos que es posible y urgente construir otro mundo. Si de verdad fuéramos ciudadanos activos que exigiéramos a nuestros gobernantes unas políticas más justas. Si reclamáramos los mismos derechos para todas las personas, sin distinción de raza, ni de sexo, ni de nada.
¡Qué compromiso! ¡Qué responsabilidad! si asumiéramos que también depende de cada uno de nosotros la posibilidad de evitar tanta pena, tanto dolor, tanta injusticia, tanta rabia. Si pensáramos que ese cambio y esa revolución posibles sólo pueden conseguirse a partir de nuestras acciones y de nuestra solidaridad cotidiana. Si nuestros actos no fueran aislados y se unieran en un quehacer común.
Es por todo ello que nos reunimos hoy aquí, como refrendo de nuestra responsabilidad y de nuestro compromiso en la tarea de evitar dentro de nuestras posibilidades todo lo negativo arriba mencionado: pena, dolor, injusticia, rabia; y con el deseo de construir con vuestra colaboración un mundo más equitativo en el que quepamos todos con los mismos derechos.
MOTRIL ACOGE , 12 de julio de 2010
viernes, diciembre 22, 2006
Cien hermanos
¿DÓNDE ESTÁN VUESTROS CIEN HERMANOS?
ANTONIO ZUGASTI
MADRID.
Esta mañana la radio, en una breve nota, contaba el final de la aventura. Unos veinticinco habían sido recogidos por pescadores; cien habían desaparecido.
¿Desaparecidos mis hijos?
El Padre viene a preguntarnos:
¿Dónde están vuestros cien hermanos?
- ¡Ay! Bastante tengo yo ahora buscando regalos para toda la familia. ¡Para ponerme a buscar hermanos perdidos!
¿Dónde están vuestros cien hermanos?
- Perdona, pero esta noche tenemos la cena de Navidad de la empresa y ahora no me puedo entretener
¿Dónde están vuestros cien hermanos?
- No sé, ahora voy a la parroquia a la celebración del Adviento. Ya preguntaré allí a ver si don Ramón sabe algo.
¿Dónde están vuestros cien hermanos?
- Lo que yo quiero saber es dónde están los compradores, que lo de las ventas de Navidad no es tanto como parece.
¿Dónde están vuestros cien hermanos?
- No sé, eso es cosa del Gobierno, yo no sé nada.
¿Dónde están vuestros cien hermanos?
- Pregunta a “sus” gobiernos, “sus” gobiernos, ellos son los que tienen que cuidar de esas cosas
¿Dónde están vuestros cien hermanos?
- Perdona, pero estamos cerrando el balance del año. Otro rato lo vemos eso.
¿Dónde están vuestros cien hermanos?
- ¡Ay, Dios mío, Dios mío! Con el follón de estos días no se encuentra a nadie. Por la parroquia desde luego no han venido.
¿Dónde están vuestros cien hermanos?
- ¿Cien hermanos? Bastante tengo yo con tres, y las cuñadas... y los suegros. ¡Menudo lío para darles de cenar a todos! Y con lo raritas que son algunas...
¿Dónde están vuestros cien hermanos?
- A propósito, ¿qué podría regalarle yo a mi nieto, que tiene de todo?
¿Dónde están vuestros cien hermanos?
- ¿Pero no ve usted cómo vengo de cargao con las dichosas compras de Navidad? No me líe ahora, hombre.
¿Dónde están vuestros cien hermanos?
- Por cierto, hablando de hermanos, ¿por qué no le dices al mío que a ver qué pasa con la herencia del abuelo? Porque hay que ver la poca vergüenza que tiene.
¿Dónde están vuestros cien hermanos?
- Me llama luego al móvil, que ahora he quedado con una amiga en el Corte Inglés.
¿Dónde están vuestros cien hermanos?
- Disculpe, no me puedo entretener. ¡Todavía tengo que mandar más de cien felicitaciones! Y es que en estos días tan entrañables de verdad que quiero felicitar a todos.
¿Dónde están vuestros cien hermanos?
- Por favor, no moleste. Estoy preparando la homilía del día de Navidad y en estos tiempos tan calamitosos los pastores tenemos una gran responsabilidad para guiar a nuestras ovejas en el camino de la única fe verdadera.
“Caines sempiternos” cantaba Paco Ibáñez hace unos años. Cien hermanos nuestros han muerto tragados por las aguas del océano y volvemos la vista a otro lado. ¿Soy yo el guardián de mi hermano?
Víctimas inocentes, ninguna asociación de víctimas los reconocerá por suyos ni moverá un dedo por ellos. Víctimas de la enloquecida ambición del mundo rico, nuestro mundo, el que hacemos entre todos. Sólo queremos que también desaparezcan de nuestros periódicos y no nos enturbien la digestión del festín.
Víctimas de unos países que nosotros hemos empobrecido. Pero también sobre esto preferimos mirar a otro lado. “Tienen unos gobiernos corruptos”. “Están tan atrasados... a pesar de la ayuda que se les da”.
Víctimas atraídas como mariposillas por las luces centelleantes de nuestra hipócrita felicidad. Por el brillo de nuestra estúpida ostentación. Víctimas que nuestra sociedad mira con la misma insensibilidad que a las mariposillas verdaderas.
¿Es que los cristianos no vamos a hacer nada? ¿De verdad no se puede hacer nada? ¿Vamos a acabar uniéndonos a la multitud de espaldas que se vuelven hacia los hermanos muertos? ¿Vamos a seguir festejando, intercambiando regalos y felicitaciones sin un mínimo gesto de humanidad? ¿No podíamos por lo menos plantear una huelga de regalos; no hacer ni admitir regalos; tener ese mínimo gesto de pesar y también de repulsa hacia una sociedad de consumo que deja por el mundo un terrible rastro de miseria y muerte?
lunes, octubre 23, 2006
Los pobres nos invaden

Junto a la imagen de la mujer que, sentada en la arena de la playa, amamanta al niño recién llegado, o el guardia civil que intenta dar calor con su cuerpo al POBRE que tirita de frío, vemos a la pareja de enamorados que en otra playa se acarician a escasos metros del cadáver de un POBRE que las aguas del mar han dejado sobre la arena.
Junto a la acción solidaria de los tripulantes del pesquero «Francisco y Catalina», que abandonan su trabajo para recoger a los 51 POBRES impidiendo que mueran, aparece la racionalidad política de los responsables políticos europeos que se niegan a acogerlos en sus países, lo cual no deja de ser una brutal irracionalidad.
Los inmigrantes son necesarios para nuestra economía, que necesita modernos esclavos que trabajen de sol a sol, con bajos salarios, que mueran en accidentes de trabajo y que no tengan ningún derecho. Son necesarios para mantener nuestro sistema de pensiones y para traer niños a los que seguir explotando en el futuro.
Los inmigrantes, dicen, son un problema porque llenan los centros de acogida, deambulan por nuestras calles intentando buscarse la vida, dicen que roban, aunque no hemos visto a ninguno detenido por lo de Marbella, y reclaman asistencia sanitaria, educación, vivienda, etc., reclaman vivir como personas.
No son inmigrantes, son POBRES, este es el problema, son POBRES y ninguna de las leyes ni de las medidas abordan el problema que tienen. Sabemos que en 10 años, el número de personas del África subsahariana que viven con menos de un euro al día aumentará en 100 millones, pero no hacemos nada para resolverlo. Por decirlo con palabras de Jean Ziegler, responsable de las Naciones Unidas para el Derecho a la Alimentación, «El orden mundial no es sólo asesino, sino absurdo, pues mata sin necesidad. Hoy ya no existen las fatalidades. Un niño que muere de hambre hoy, muere asesinado», y no hacemos nada para evitarlo.
Hacemos numerosas leyes de extranjería, que en realidad son leyes de POBRES o contra los POBRES, para pasar del estacazo a la regularización según nuestros intereses. Montamos observatorios supertegnologizados para impedir que crucen el Estrecho con sus pateras, y se nos cuelan por Ceuta y Melilla. Levantamos altísimas alambradas en Ceuta y Melilla, y atraviesan medio océano con sus frágiles cayucos para llegar a las maravillosas Islas Canarias. Y si construimos un muro en medio del mar seguro que a los POBRES les saldrán alas para volar.
Son POBRES que huyen de la pobreza. Son la consecuencia del mismo sistema capitalista que ha destrozado el planeta. El origen del cambio climático y del éxodo de pobres hacia nuestras costas es el mismo: Un sistema económico que se fundamenta en que unos países vivan a costa del expolio de otros, cuando se requiere «una concepción de la economía que garantice, a nivel internacional, la distribución equitativa de los recursos y responda a la conciencia de la interdependencia, económica, política y cultural, que ya une definitivamente a los pueblos entre sí» (Compendio de la doctrina social de la Iglesia, CDSI, 373).
Como el problema no ha hecho nada más que empezar, preparémonos para acogerlos, ayudarlos y compartir con ellos lo que somos y lo que tenemos. Preparémonos para seguir luchando por el desarrollo humano de los países pobres, pues Justicia y Caridad es el gran reto que estos POBRES nos plantean a la Iglesia y al mundo y no podemos defraudarlos.